martes, 5 de agosto de 2008

El perro con ruedas

Me llamó mucho la atención, significa que hay personas tan BUENAS en mi barrio...
estaban ahí, a mi alrededor, pero no me di cuenta hasta entonces.
Siempre pasando a cien, mirando al ladrillo, y no a la gente. Es increíble lo que nos perdemos sin querer, los que nos perdemos en la vida...

jueves, 20 de marzo de 2008

Necesito respirar

gases nuevos y vapores varios.
Pero que sean tóxicos y alérgicos;
los quiero viciados.

Necesito que nublen mi cielo y contaminen mi alma,
que invadan mi cuerpo y corrompan mi mente,
que enciendan cada oscura parcela de mí.

Porque quiero gas para mi vida, quiero vivir a todo gas,
quiero meterme el metano,
apropiarme del propano,
embutirme el butano
y sentir al natural.

Porque quiero montar una refinería con un amplio gasoducto,
arriba, abajo, delante, detrás;
y cuando esté todo dispuesto, en perfecta sincronización,
abrir la llave de paso y dejar entrar a presión
las partículas de combustible en llamas al interior.

sábado, 15 de marzo de 2008

Qué soy yo

sin la música minimalista de los cálidos y húmedos
veranos de la ribera, plena de uvas antes ácidas,
luego dulces, y ahora amargas como el recuerdo de la brisa
de acontecimientos que precipitaron mi caída.

Me suicidé, quizá, lanzándome a las peñas grises de los márgenes,
una vez más, consciente de que me haría daño y, sin embargo,
necesitado de cariño; busqué una vez más, al caer,
la mano que me asiese con fuerza. Tantas veces
me he suicidado en busca de esa mano.

La misma que cosechó las pocas uvas que dulcificaron
sin echarse a perder,
y dieron lugar a un vino inembotellable
que al final sólo probé, antes de tirarlo
al desagüe de mi váter, de mi río, de mi ribera.

domingo, 9 de marzo de 2008

Luz en el agua marina

Fue entre los peces, sí, lo había olvidado. El azul,

el que llena de esperanza el vacío y envuelve en murmullos palabras preciosas, el que acaricia a mis inactivas algas y despoja la remolona cabellera de esta triste gravedad, hundiéndola en el centrípeto torbellino de la mente inquieta.

Es el azul que surge de entre ondas de presión amable, y me arrastra siempre lejos, lejos de la costa tan conocida, de las piedras tan gastadas.

Es él, ahora lo recuerdo, el que me condujo a mi isla, cuando aún era sólo una triste isla a la deriva del tiempo.

sábado, 12 de enero de 2008

Un poco de música para el cuerpo

¿Por qué se me tiñen de verde los dedos? No creo que sea por el óxido del anillo, no creo que el acero inoxidable se oxide, al menos no el de este anillo, que simboliza la lucha constante, la esperanza al final del camino, el camino en sí.

Es por el tatuaje que no me hice en su día, el del cambio, el que me prometí hacerme, mi regalo de cumpleaños de día por vivir, que ahora viene a llamarme la atención, por no haberle prestado yo atención a él, por olvidar lo importante que es vivir, y por ignorar la enseñanza que gané en su día, en presente, porque aún lo hago.

Y el anillo, ese ciclo en ciclo alrededor de mis dedos, porque va pasando de uno a otro al margen de mi propia consciencia, viene a aferrarse a mí de esta forma. Pero, ¿puede la sombra vivir sin el cuerpo? No por mucho tiempo, ésa es la enseñanza del anillo: sin un cuerpo todo se acaba yendo, todos se acaban yendo.

Tras el invierno siempre viene la primavera... o al menos es así en mi tierra

Después de deshacer caminos, de quemar pasados, de olvidar recuerdos, siempre acaba uno olvidándose de porqué comenzó aquello...Se dice a sí mismo que lo sabe, pero en el fondo, su corazón ya no lo recuerda. Las dudas por lo que se ha excluido se hacen ahora eco en lo poco que queda dentro de uno y el tiempo, mientras tanto, ha pasado un buen rato. Pero nosotros ya no somos los mismos, y las madreselvas de nuestro jardín secreto son cada vez más tupidas, y la tapia, aunque sigue ahí (porque sigue ahí, lo sabes ¿verdad?), ya no se ve.

Pero dicen que la vida es lo último que se pierde...

Y yo no quiero perderla, pero al final sin querer siempre me quedo atrás, en bosques oscuros de esos que ya casi no me quedan, con olor a eucalipto, y sonido a viento, y una tormenta que se acerca, amenazante, por el oeste.

Pero yo soy contradictorio y QUIERO ir al oeste, aunque ame al este, me empeño en estrellarme contra las estrellas aún cuando llueva con toda su fuerza la amenazadora tormenta, y me gusta el reto de seguir aquí, aún, cuando ella ya se ha hecho lluvia débil, y no moja más que a los bobos.

Porque en mi jardín vacío, existen muchas zanjas, ¡ojo, que hay que ir con cuidado para no caer!, y algunas, es cierto, para colmo, no están limpias: quedan los huesos de mis ancestrales yos. Caer en ellas sería lo peor: salvo en mi cementerio infantil, el único con flores secas, pero naturales al menos.
Y sin embargo, ya no quiero reabrir su verja.