sábado, 12 de enero de 2008

Tras el invierno siempre viene la primavera... o al menos es así en mi tierra

Después de deshacer caminos, de quemar pasados, de olvidar recuerdos, siempre acaba uno olvidándose de porqué comenzó aquello...Se dice a sí mismo que lo sabe, pero en el fondo, su corazón ya no lo recuerda. Las dudas por lo que se ha excluido se hacen ahora eco en lo poco que queda dentro de uno y el tiempo, mientras tanto, ha pasado un buen rato. Pero nosotros ya no somos los mismos, y las madreselvas de nuestro jardín secreto son cada vez más tupidas, y la tapia, aunque sigue ahí (porque sigue ahí, lo sabes ¿verdad?), ya no se ve.

Pero dicen que la vida es lo último que se pierde...

Y yo no quiero perderla, pero al final sin querer siempre me quedo atrás, en bosques oscuros de esos que ya casi no me quedan, con olor a eucalipto, y sonido a viento, y una tormenta que se acerca, amenazante, por el oeste.

Pero yo soy contradictorio y QUIERO ir al oeste, aunque ame al este, me empeño en estrellarme contra las estrellas aún cuando llueva con toda su fuerza la amenazadora tormenta, y me gusta el reto de seguir aquí, aún, cuando ella ya se ha hecho lluvia débil, y no moja más que a los bobos.

Porque en mi jardín vacío, existen muchas zanjas, ¡ojo, que hay que ir con cuidado para no caer!, y algunas, es cierto, para colmo, no están limpias: quedan los huesos de mis ancestrales yos. Caer en ellas sería lo peor: salvo en mi cementerio infantil, el único con flores secas, pero naturales al menos.
Y sin embargo, ya no quiero reabrir su verja.

No hay comentarios: