sábado, 15 de marzo de 2008

Qué soy yo

sin la música minimalista de los cálidos y húmedos
veranos de la ribera, plena de uvas antes ácidas,
luego dulces, y ahora amargas como el recuerdo de la brisa
de acontecimientos que precipitaron mi caída.

Me suicidé, quizá, lanzándome a las peñas grises de los márgenes,
una vez más, consciente de que me haría daño y, sin embargo,
necesitado de cariño; busqué una vez más, al caer,
la mano que me asiese con fuerza. Tantas veces
me he suicidado en busca de esa mano.

La misma que cosechó las pocas uvas que dulcificaron
sin echarse a perder,
y dieron lugar a un vino inembotellable
que al final sólo probé, antes de tirarlo
al desagüe de mi váter, de mi río, de mi ribera.

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